Eran las 15:22, me dispuse a coger un tren en dirección "sin destino". Este tren es muy peculiar, ya que como su propia dirección dice, no tiene destino. Eso sí, tiene muchas paradas, recorre miles de lugares parándose en cada una de las estaciones: hay gente que lo pierde, gente que se sube 2 segundos antes de cerrar puertas, gente que nunca se baja, gente que tiene claro dónde bajarse y así pasando por los miles y miles de personas que utilizan este tren cada día.
Lo bonito de este tren es que cada uno ve fuera aquello que siente o piensa. Unas personas verán, o mejor dicho, sentirán tristeza, alegría, miedo... Otros verán su propio futuro clavados en mesas de oficina, viviendo mil aventuras o teniendo una preciosa boda con su alma gemela. Digamos que cada uno puede ver reflejados sus miedos o sus deseos.
Al principio dije que estos hechos son bonitos, lo son, ya se trate del miedo y del deseo, porque para llegar a la felicidad uno tiene que combatir los miedos y este tren te da la facilidad de aclarar tu mente y de encontrarte contigo mismo.
Supongo que os estareis preguntando que veía yo en ese tren, si lo cogí a tiempo o si me bajé en alguna de las paradas. Si lo cogí, pero sinceramente, aun dudo dónde bajarme... a veces en ese mismo trayecto ocurren cosas que uno no se espera y que le hacen cambiar el punto de llegada. Se dónde me gustaría bajarme, pero no sé si eso sería lo mejor. Si supiese que esa parada no me fuese a dañar, al menos nunca más, me bajaría sin dudarlo, pero por desgracia no depende solo de mi. Aunque Paulo Coelho un día dijo: "Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar"...
En cuanto a lo que vi... esa es otra historia, bastante enrevesada, que contaré en otra ocasión (posiblemente mañana). No me gustaría aburriros mucho. A veces una tiene tantas cosas en la cabeza que no sabe cómo ni por dónde empezar a escribir.
