El paraiso es algún tipo de biblioteca

Cuando pierdes el tiempo al teléfono, cuando los minutos pasan sin que te des cuenta, cuando las palabras no tienen sentido, cuando piensas que si alguien te escuchara creería que estás loco, cuando ninguno de los dos tiene ganas de colgar, cuando después de que ella ha colgado compruebas que lo haya hecho de verdad, entonces estás perdido. O mejor dicho, estás enamorado, lo que, en realidad, es un poco lo mismo...

Beren y Lúthien

Las hojas eran largas, la hierba era verde,

Las umbelas de los abetos altas y hermosas

y en el claro se vio una luz

de estrellas en la sombra centelleante.

Tinúviel bailaba allí,

a la música de una flauta invisible,

con una luz de estrellas en los cabellos

y en las vestiduras brillantes.


Allí llegó Beren desde los montes fríos

y anduvo extraviado entre las hojas

y donde rodaba el Río de los Elfos,

iba afligido a solas.

Espió entre las hojas del abeto

y vio maravillado unas flores de oro

sobre el manto y las mangas de la joven,

y el cabello la seguía como una sombra.


El encantamiento le reanimó los pies

condenados a errar por las colinas

y se precipitó, vigoroso y rápido,

a alcanzar los rayos de la luna.

Entre los bosques del país de los elfos

ella huyó levemente con pies que bailaban

y lo dejó a solas errando todavía

escuchando en la floresta callada.


Allí escuchó a menudo el sonido volante

de los pies tan ligeros como hojas de tilo

o la música que fluye bajo tierra

y gorjea en huecos ocultos.


Ahora yacen marchitas las hojas del abeto

y una por una suspirando

caen las hojas de las hayas

oscilando en el bosque de invierno.


La siguió siempre, caminando muy lejos;

las hojas de los años eran una alfombra

espesa,

a la luz de la luna y a los rayos de las

estrellas

que temblaban en los cielos helados.


El manto de la joven brillaba a la luz

de la luna

mientras allá muy lejos en la cima

ella bailaba, llevando alrededor de los pies

una bruma de plata estremecida.


Cuando el invierno hubo pasado,

ella volvió,

y como una alondra que sube y una lluvia

que cae

y un agua que se funde en burbujas

su canto liberó la repentina primavera.


Él vio brotar las flores de los elfos

a los pies de la joven, y curado otra vez

esperó que ella bailara y cantara

sobre los prados de hierbas.


De nuevo ella huyó, pero él vino

rápidamente,

¡Tinúviel! ¡Tinúviel!

La llamó por su nombre élfico

y ella se detuvo entonces, escuchando.


Se quedó allí un instante

y la voz de él fue como un encantamiento,

y el destino cayó sobre Tinúviel

y centelleando se abandonó en sus brazos.


Mientras Beren la miraba a los ojos

entre las sombras de los cabellos

vio brillar allí en un espejo

la luz temblorosa de las estrellas.

Tinúviel la belleza élfica,

doncella inmortal de sabiduría élfica

lo envolvió con una sombría cabellera

y brazos de plata resplandeciente.


Larga fue la ruta que les trazó el destino

sobre montañas pedregosas, grises y frías,

por habitaciones de hierro y puertas

de sombra

y florestas nocturnas sin mañana.


Los mares que separan se extendieron entre

ellos

y sin embargo al fin de nuevo

se encontraron

y en el bosque cantando sin tristeza

desaparecieron hace ya muchos años.



Ésta es una canción en el estilo que los elfos llaman “ann-thennath”, mas es difícil de traducir a la lengua común y lo que he cantado es apenas un eco muy tosco. La canción habla del encuentro de Beren, hijo de Barahir, y Lúthien Tinúviel. Beren era un hombre mortal, pero Lúthien era hija de Thingol, un rey de los elfos en la Tierra Media, cuando el mundo era joven; y ella era la doncella más hermosa entre todas las niñas de este mundo. Como las estrellas sobre las nieblas de las Tierras del Norte, así era la belleza de Lúthien, de rostro de luz. En aquellos días, el Gran Enemigo, de quien Sauron de Mordor no era más que un siervo, residía en Angband en el norte y los elfos del oeste que venían de la Tierra Media le hicieron la guerra para recobrar los Silmarils que él había robado y los padres de los hombres ayudaron a los elfos. Pero el enemigo obtuvo la victoria y Barahir perdió la vida y Beren, escapando de grave peligro, franqueó las Montañas del Terror y pasó al reino oculto de Thingol en la floresta de Neldoreth. Allí descubrió a Lúthien, que cantaba y bailaba en un claro junto al Esgalduin, el río encantado; y la llamó Tinúviel, es decir, Ruiseñor en lengua antigua.

Muchas penas cayeron sobre ellos desde entonces y estuvieron mucho tiempo separados. Tinúviel libró a Beren de los calabozos de Sauron y juntos pasaron por grandes riesgos y hasta arrebataron el trono al Gran Enemigo y le sacaron de la corona de hierro uno de los tres Silmarils, la más brillante de todas las joyas, y que fue regalo de bodas para Lúthien, de su padre Thingol. Al fin el Lobo, que vino de las puertas de Angband, mató a Beren que murió en brazos de Tinúviel. Perro ella eligió la mortalidad y morir para el mundo, para así poder seguirlo, y aún se canta que se encontraron más allá de los Mares que Separan y que luego de haber marchado un tiempo vivos otra vez por los bosques verdes, se alejaron juntos, hace muchos años, más allá de los confines de este mundo. Así es que Lúthien murió realmente y dejó el mundo, sólo ella de toda la raza élfica, y así perdieron lo que más amaban. Pero por ella la línea de los antiguos señores elfos descendió entre los hombres. Viven todavía, aquellos de quienes Lúthien fue la antecesora y se dice que esta raza no se extinguirá nunca.

El desayuno

Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».



Luis Alberto de Cuenca - "El desayuno"

Follarse a las mentes.




El placer no está en follar, es igual que con las drogas. A mí no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda. Bueno... no es que no me atraigan, claro que me atraen, ¡me encantan! Pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar.


La mente, Hache. Yo hago el amor con las mentes. ¡Hay que follarse a las mentes!

La chica de las mil caras.


Todo tu cuerpo es un inmenso brote de espinas,
pero las aves siguen comiendo en tus manos
y cantan en el bosque como si nada.
Por las noches me enseñas el universo:
hoy han sido las costas de Islandia,
la Edda de Snorri y la promesa de Winland.
Como tu cuerpo está erizado de agujas,
necesito almohadones para amarte;
luego despierto enganchado a tus labios,
cuando el sol es un punto negro en el cielo.
Si hablas, tu voz es una cascada
que arrastra cadáveres y policías de uniforme.
Hablas en verso, como Ovidio y Lope,
como el precoz escaldo Egil Skallagrimsson.
A veces te interrumpo. Tus besos llevan oro,
como las Noches de Stevenson o de Mardrus.
Son algo tan brillante. Como una nueva infancia.
No sé si tu destino es catalogar manuscritos,
si has sido bibliotecaria en Alejandría.
Un día vi cómo perseguías a un jabalí en Dordoña
(esa noche soñé con el Monarca Oscuro).
Podría hacerte un lecho de lirios o de rosas,
aunque preferiría cubrirte de alacranes.
Luego descifraríamos papiros mágicos y emblemas.
No sé cómo decirte lo mucho que te amo.
Hace siglos que desaparecieron los torneos.
Jesús sigue muriendo cada día. Hasta cuándo.
Pero Clodoveo decía que el Gólgota no sería famoso
si él hubiese estado allí, en Jerusalén, con sus francos...

Antes leíamos novelas bizantinas, escuchábamos discos,
no encendías jamás la luz en el desván.
Me parecía haber vivido dos veces los momentos
y bebía del suave terminarse de tus ojos.
Algunos dioses se nos antojaban ridículos:
Júpiter, por ejemplo, todos los que mandaban.
Pero las ninfas de las fuentes, los elfos, los dragones,
Mae West y Miriam Hopkins compensaban la perdida.
Hacer versos, nadar, dar de comer a un pájaro,
ejercer de sportwoman como Diana Palmer.
Buscábamos tesoros en el jardín de tus abuelos,
bajo ese sol de Heráclito que sigue sin ponerse,
con una Jolly Roger ceñida a la cintura,
saqueando glorietas y naufragando en la piscina.

Y ahora que está aquí, mi amor,
tú que eres todas las mujeres,
no sé si voy a ser capaz
de recordarte y recordarme.
Todos vivimos, a la postre,
en una especie de prisión
de la que no podemos salir,
en la que nadie puede entrar.
Pero consta en el Libro Único
que, a pesar de espinas y agujas,
nos amamos alguna vez
y nos amaremos tú y yo.

Luis Alberto de Cuenca - "Elsinore" 1972

Vulnerabilidad.


Hoy me siento demasiado vulnerable. No me gusta.
Recuerdo que antes parecía estar hecha de azúcar y desde hace un tiempo, por motivos que no quiero ni recordar, me he vuelto bastante fría. Aunque siempre, siempre, siempre aparece alguien que te derritiría solo con una mirada.




Tal vez siga hecha de azúcar, pero solo por dentro...

La felicidad instantanea.


¡Polaroid, polaroid, polaroid y felicidad!

Soñando.



Hoy he soñado que te conocía, te cogía de la mano y corríamos alejándonos de todos.
Subíamos esas calles mojadas de Cimadevilla y acercándonos al infinito nos poníamos a gritar.
Te mirabas, me mirabas y...
...nuestros labios se unieron en un beso sin final.
Sigo soñando que te conozco, sigo soñando que aparecerás.

¿Quieres gritar conmigo?